Vaya por delante que soy incapaz de imaginarme tomando cañas con José Blanco. Ni como ministro, ni, mucho menos, como vicesecretario general del PSOE. Quizá porque soy de los que desconfían de los que lo tienen todo demasiado claro.
Sin embargo y a pesar de esta premisa, el cuerpo me pide ponerme de su parte cuando denuncia la existencia de una ofensiva especulativa en contra del euro que discurre en paralelo con otra que persigue el desprestigio de Zapatero y, de paso, España.
Cuando a uno le van mal las cosas o cree que no le van tan bien como calculaba es fácil sumarse al coro de los que lo ven todo negro y responsabilizan al presidente del Gobierno de las siete plagas de Egipto.
El mayor problema de nuestro país es que el boom económico de los últimos años ha sido más especulativo que real y para verificarlo basta hacer esta sencilla reflexión: nadie, salvo contadísimas excepciones, podría comprar hoy su vivienda. Y eso es así porque el valor real de esa vivienda se multiplica varias veces para llenar los bolsillos de los especuladores.
Hoy mismo Forges, en su viñeta de EL PAÍS, se atreve con lo políticamente correcto y nos pinta a un Rodrigo Rato que esconde que lo que ahora critica es consecuencia de su gestión al frente de la Economía en los gobiernos de Aznar. Y es que Rato sabe, o debe saber como nadie, que esas "operaciones jauría" de los especuladores tienen lugar y que se cocinan macerando a las víctimas en el jugo de sus problemas, que nadie niega que los haya, aderezado con editoriales y titulares que acentúan el aroma de las dudas y la desconfianza sobre la víctima escogida.
Por eso no puedo más que identificarme con lo dicho por José Blanco. Y añadir que, si lo que ha conseguido con su denuncia, ha sido que el tilden de paranoico, me ofrezco parea compartir con él el peso de ese diagnóstico, porque si Blanco ve los fantasmas que yo veo es porque realmente existen.

¿Qué vale cuánto y por qué? Bonita pregunta para comenzar una semana como ésta. Especialmente cuando venimos de otra en la que nuestra autoestima como país se nos ha escapado de las manos como el agua se escapa de un cesto.
Me entero de que la ministra Salgado y parte de su equipo acuden corriendo a Londres a rendir pleitesía a los gurús del Financial Times para tratar de poner freno al "pim pam pum" que se ha desatado contra la imagen de solvencia de nuestro país.
No sé si es la primera vez que toda una vicepresidenta acude a "confesarse" con la redacción de un periódico, pero, como diría un amigo muy sincero, "ya me jode" que haya que hacerles el juego hasta ese extremo.
Hay que tener claro que malos tragos como estos ya los hemos pasado antes, Basta con hacer memoria y recordar los últimos meses de la peseta, en los que la economía española se columpiaba en el vacío a capricho de insaciables especuladores, para los que no hay más religión que su beneficio, ni mejor moral que la ausencia de ella.
Tenemos que tener claro que, ni España era el paraíso del empleo y la riqueza que hace sólo dos años creíamos que era, ni es el país arruinado y sin futuro que algunos predican que somos ahora.
Demasiado a menudo creemos "a pies juntillas" lo que predican los editoriales de unos periódicos que, como todo en esta vida, tienen su dueño y sus servidumbres. Demasiado a menudo, esas opiniones, las más de las veces interesadas, influyen en esa entelequia que llamamos mercado y ese mercado influye en el valor de las empresas y en el empleo. Y demasiado a menudo todo ello nace de la estrategia acordada en un despacho o en una mesa de restaurante.
Afortunadamente, aún quedan voces tan lúcidas como libres que nos bajan a tierra llamando a las cosas por su nombre. Una de esas voces es la del británico John Berger, que, como recoge hoy EL PAÍS, a propósito de los setenta y cuatro millones de euros pagados en subasta por uno de los ejemplares de "el hombre que camina" del suizo Giacometti, dice que "con una o dos excepciones, vivimos un periodo de medios de comunicación que pretenden hablar con seriedad del mundo que nos rodea, incluido el arte, pero que se centran en valores superficiales como el dinero. No me sorprende nada lo que ha ocurrido con la subasta, ¡es una auténtica mierda!".
Qué más da la obra de Giacometti o la deuda española, el caso es especular con ellas y, para ello, los medios de comunicación que tan elevado papel se adjudican no pasan de meros comparsas.
Los suizos lo vieron claro y quizá por eso imprimen sus billetes de cien francos con Giacometti y su millonaria escultura. Quién sabe si dentro de unos años se imprimirán los billetes en las rotativas de los periódicos.
Concluye una semana, podríamos llamarla trágica, por la que hemos pasado tropezando de piedra en piedra, obstáculos, reales unos y ficticios otros, que han ido surgiendo en cada revuelta del camino, como si del viejo "tren de la bruja" se tratase.
Pero, al final, hoy domingo ha amanecido una mañana plácida en la que cada uno sale de casa dispuesto a cumplir todas esas pequeñas obligaciones que se ha impuesto para este día.
Escribo esto porque he de reconocer que a lo largo de estos últimos días he tenido la sensación, y así lo he escrito, de estar cayendo en una depresión generalizada a la que -lo tengo cada vez más claro- nos inducen desde las páginas de algunos periódicos, como si buscasen su bien en nuestra desgracia.
No soy de los que esconden la cabeza debajo del ala y no dudo que los problemas existan y que las necesarias soluciones sean de cirugía mayor, pero, de ahí a hundirnos en la miseria como país, hay todo un abismo.
No sé si es porque, pese a todos los obstáculos que encontró en el camino, ayer ganó el Barça, pero lo cierto es que hoy me siento un poco más optimista y deseo con todas mis fuerzas que este país encuentre el Guardiola que se merece, capaz de cambiar de estrategia ante las arbitrariedades del camino para mantenerse en el lugar que le corresponde y no en el que otros querrían ponerle.
La semana ha estado llena de malas sensaciones, pero hoy he decidido ponerle buena cara y "tirar p'alante".
Tanto va el cántaro a la fuente... Tanto han tensado la cuerda los controladores aéreos que, al final, se ha roto o, mejor dicho, la han roto.
Con su actitud venían demostrando que su reino no tenía cabida en este mundo, venían demostrando una especie de desprecio hacia el resto de los mortales. Tanto es así que escogían perjudicar a millares de viajeros con sus niños, con sus compromisos a cuestas si con ello mantenían o, incluso, reforzaban sus privilegios.
Por las razones que sean, probablemente heredadas de su condición de cuerpo de elite privilegiado durante la dictadura, los controladores se habían acostumbrado a acogotar a gobiernos de uno y otro color, colapsando el tráfico aéreo, como hicieron durante su más afamada huelga que obligó a suspender, hace ya treinta años, todo un congreso de UCD, entonces partido del Gobierno, cuya celebración estaba prevista en Palma de Mallorca.
Ganaron entonces, con una UCD en descomposición y un gobierno en retirada, y el subidón de sentirse poderosos aún les dura. Por eso, siempre que han querido han cogido al país por el cuello del turismo, alcanzando unos privilegios que para sí quisiera un cardenal.
Defender ese estatus y marear la perdiz de la negociación hasta el vómito ha sido su estandarte cada vez que se ha pretendido revisar lo que, en otro chantaje histórico, consiguieron arrancar a Rafael Arias Salgado, cuando Álvarez Cascos era ministro del ramo en el gobierno de Aznar.
Habló entonces Arias Salgado, para justificar tan tremenda bajada de pantalones, de las peculiaridades del colectivo y firmó la hipoteca que hasta ahora mismo hemos estado pagando los españoles y quienes vuelan a España.
El decretazo de ayer, porque no es otra cosa que un decretazo, tiene que estar muy bien construido y debe contar con el respaldo de la inmensa mayoría, si no de la totalidad, del Parlamento, porque, de lo contrario, más que bajar los humos del colectivo de controladores va a encender sus ánimos y ya sabemos que no les importa pasar por encima de lo que sea.
Parece ahora que la última batalla que les queda por dar a los controladores es la legal y más le vale al ministro Blanco haber cerrado todos los flancos del decreto, porque nada sería peor que verlo rechazado por los tribunales. Soy de los que piensan que legislar "ad hoc" y "de calentón" es muy peligroso y malo por principio.
Termino como comenzaba: tanto va el cántaro a la fuente, tanto han tensado la cuerda que la han roto y todo por un pecado de soberbia, por pretender mantener y mejorar una situación de privilegio que incluía la gestión y el acceso a tan delicada y transcendental tarea, olvidándose de que viven en un país sobrecogido por la crisis y el paro, en el que cualquier parado de larga duración se conformaría con recibir hasta su edad de jubilación lo que gana en un año un controlador prejubilado a la edad en que a otros nos despiden.
Cuando todo se desmorona alrededor cabe la evasión, el mirar para otro lado y seguir adelante, a ser posible silbando, mientras nos sacudimos el polvo de los escombros, Pero, cuando lo que se desmorona es todo un país, o al menos eso es lo que nos hacen ver, es muy difícil escapar a las redes de la depresión.
La terrible semana que está pasando por encima de nosotros sería motivo suficiente para hundirnos en la más severa de las depresiones, a caer en uno de esos agujeros del alma que nos deja acurrucados en un rincón, paralizados con la cabeza entre las manos, esperando que nos llegue un golpe más, quizá el definitivo.
Pero esa no es la solución. Mientras estamos en el rincón, en esa postura, otra vez los buitres de la especulación, los mismos que hundieron la peseta en los últimos meses de gobierno de Felipe González, amasando enormes cantidades de capital con el que llevar el acoso a otros países.
Nos hemos llenado la boca de hablar de la burbuja inmobiliaria y tal parece que la culpa de todo la tienen los ladrillos. Pero no. La culpa la tenían y la tienen una vez más los especuladores los que compran barato, acumulan y venden, sin mancharse las manos, sin tocar con sus manos aquello a lo que ponen precio, desde un despacho, cuando no desde un teléfono.
El país está muy mal, porque se ha disparado el paro, porque el tsunami de los despidos se ha llevado por delante los puestos de trabajo de empleados de grandes empresas, pequeños talleres y comercios. Y muchos de esos despidos, especialmente los que se han producido en pequeñas y medianas empresas, tienen su origen en el pánico de la banca a que se conozcan sus vergüenzas que les ha llevado a cerrar el grifo crédito, después de años de llenar sus arcas de agujeros conseguidos a base de comportarse, no como las empresas serias que uno espera que sean los bancos, sino como unos grandes almacenes del crédito en periodo de rebajas.
Ante esto, uno tiene la tentación de reclamar que se les haga justicia, que se les haga pagar tanto daño y tanta vida rota. Y, sin embargo, se les ayuda. Y no nos rebelamos, quizá porque no queremos que haya un "corralito" también aquí en España.
Por eso me deprimo, porque estoy, estamos, en sus manos.
No me cuesta nada ponerme en la piel de los trabajadores que se encuentran cerca del final de su vida laboral, recorriendo ese último tramo que les separa de la merecida jubilación. Las circunstancias me han colocado más cerca de ellos que de quienes por edad me corresponderían.
Con este panorama nada recomendable, os lo aseguro, nada hay más angustioso que asistir al lamentable espectáculo de improvisación, frivolidad y falta de rigor de nuestra clase política, a la hora de hablar de nuestras pensiones.
Primero fue el anuncio del Gobierno, sin encomendarse a Dios, al Diablo o al Pacto de Toledo, de que habrá que jubilarse a los 67. Ahora, la nueva carga de profundidad consiste en aumentar de 15 a 25 años el cálculo de la pensión que percibiríamos.
He escuchado tantas cosas y tan distintas, tantas malas excusas por parte del gobierno que empiezo a sentirme mal y a preocuparme.
No exagero si digo que me siento como un buceador que al borde de su resistencia y con las bombonas prácticamente vacías comienza a ascender hacia la superficie y, mientras lo hace, alguien la aleja como si vertiese agua en ese enorme estanque que se al mar. Y no sólo eso. No contentos con eso, quienes parecen desear que nuestro cansado buceador no llegue nunca a respirar el aire fresco le dicen que tiene que volver abajo para recoger diez años más de cotizaciones.
Es para sacarse el respirador y dejarlo todo.
De todo lo dicho por Esperanza Aguirre en su peregrina excursión del viernes pasado, lo más duro, lo que realmente pone los pelos de punta es esa frase lacónica, pronunciada con frialdad y casi entre dientes y probablemente dedicada a Rodrigo Rato "Nosotros, qué arma tenemos contra él".
La frase, perdida entre otros comentarios tabernarios de la presidenta, quedó quizá en un segundo plano y, sin embargo, estoy seguro de que ha sido la que ha helado la sangre a más de uno en los pasillos de Génova y, claro está, en más de un despacho de Caja Madrid.
Como algunos agentes químicos, la frase necesitaba de la presencia de un catalizador que multiplicase los efectos de la reacción. Pues bien, ese catalizador que ha disparado todas las alarmas de quienes tienen que vérselas con Aguirre ha sido la comparecencia de Manuel Cobo, todavía entre las fauces de la presidenta, para reafirmar ante el juez su convencimiento de que fue espiado por "la gestapillo" de Aguirre.
Removiendo las piezas del puzle para hacerlas encajar de nuevo vemos como lo que al parecer estaban haciendo con Cobo era buscar "armas" susceptibles de ser utilizadas contra él en algún otro momento del combate político. Armas que no son sino datos de su vida privada susceptibles de ser incluidos en dosieres que se facilitan a periodistas amigos para, con su publicación, minar los flancos débiles del personaje que quedaría así desactivado como rival.
Es exactamente lo que denunciaron estar sufriendo los posibles rivales del presidente del Barça, Joan Laporta, al detectar alguno de esos dosieres, elaborados por "huele braguetas" profesionales a sueldo del presidente culé.
Desgraciadamente, el periodismo tiende a colocarse por encima del bien y del mal y se deja querer, cuando no magrear, por quienes conocen el poder que tiene en sus manos ante una ciudadanía que, a la hora de leer determinadas informaciones, no se plantea -y no debería tener por qué hacerlo- cuanta suciedad hay detrás de los datos.
En fin, espero que la indiscreción del micrófono le haya servido a Rodrigo Rato, o a quién sea, para saber con quién se juega nuestros cuartos, porque en las guerras de Esperanza no se toman prisioneros.
Algunas declaraciones sólo soy capaz de asumirlas si las imagino acompañadas de una de esas carcajadas tétricas que adornaban los peores pensamientos de los villanos en las viejas películas de "Fantomas". Ahora mismo no recuerdo si el Doctor Muerte, uno de los supervillanos de la Marvel, dirigía una compañía tabaquera, pero después de haber leído las declaraciones a EL PAÍS de Gareth Davis, "capo" de Imperial Tobacco, la multinacional europea del ramo, no me cuesta trabajo imaginarlo.
¿Por qué quienes amasan fortunas sembrando la enfermedad en los pulmones de sus clientes apelan a la libertad cada vez que pretenden defender su venenoso negocio?
¿Por qué hablan de tolerancia quienes gastan millones en lobbies y campañas para impedir que los estados aprueben leyes que protejan la salud de sus ciudadanos?
Durante muchos años el tabaco ha sido el producto más universalmente extendido en el mundo. Los cigarrillos han formado parte de las raciones de combate en las guerras, han estado incluidos en el racionamiento de las posguerras y han sido la moneda en los mercados negros. Y, claro, tan exitoso producto ha puesto en manos de quienes lo fabrican mucho poder, demasiado poder, tanto poder como para gastar fortunas en carísimos abogados que borren ante los tribunales cualquier relación entre su veneno y la enfermedad mortal que origina.
Hoy ya no convencen a nadie con dos dedos de frente. Por eso apelan al liberalismo en la peor de sus lecturas. Por eso dicen defender las actividades económicas de otros, anunciando el apocalipsis en la hostelería si se prohíbe fumar en los establecimientos, algo que está lejos de la realidad, como se ha demostrado en los países donde se ha aprobado la prohibición absoluta.
Si los estados apuestan por fin por la salud de sus ciudadanos, el negocio que estaría en peligro es el suyo y créame, Sr Davis, yo no dejaré escapar una lágrima si tiene que cerrar sus fábricas de enfermedad y muerte.
Resulta cuando menos patético comprobar que el presidente de Castilla-La Mancha ha heredado la principal "virtud" de su antecesor en el cargo, José Bono.
José María Barreda lleva días jugando con elementos de comparación tan anclados en el imaginario popular como la tentación o la pobreza y, si no habla de Judas y de las treinta monedas es porque no le interesa echarse enemigos a la espalda.
Puede que tenga razón en eso de que hay pueblos tan pobres que están dispuestos a aceptar algo tan políticamente incorrecto hoy por hoy como un almacén temporal de residuos nucleares. De ser así, la solución estaría en sus manos. Sería tan sencillo como llevarles la riqueza por otro camino, creando los puestos de trabajo que fijen la población en los pueblos de una provincia, Guadalajara, que lleva décadas diciendo adiós a sus habitantes.
Pero Barreda, como hizo Bono, con unas elecciones a la vista ha escogido un enemigo fácil. El de Bono fue Borrell, que es cualquier cosa menos simpático, y su AVE. Barreda ha elegido a Sebastián, polémico donde los haya, y el cementerio. Estoy seguro de que la apuesta le va a ser rentable. Algo de humo nuclear había que oponer para esconder el olor de la basura acumulada en la Caja Castilla La Mancha.
Sería más decente arrimar el hombro y trabajar en la búsqueda de una solución para todos escogiendo ser la cola del león estatal, antes que cabeza del ratón autónomo.
¿Dónde han quedado la seriedad exigible a la presidenta de la Comunidad de Madrid, la dignidad que se le supone a la condesa de Murillo y la fina y bilingüe educación recibida por una señorita bien -nada menos que una Gil de Biedma- llamada Esperanza Aguirre?
Siendo, más que grave, chocante el lenguaje desplegado por la presidenta madrileña, lo verdaderamente escalofriante de su revelada conversación no es la panoplia de tacos, digna de verduleras y cocheros, que diría un clásico, sino la frialdad, el odio y la falta de respeto por las instituciones que revela.
Para quienes tenemos nuestro dinero en Caja Madrid, porque alguna vez creímos en la labor social de las cajas de ahorro, supone todo un jarro de agua fría comprobar cómo se "reparten" los puestos del consejo de administración que acabará decidiendo el destino de nuestros ahorros y los beneficios que generen.
"Yo creo que nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poder darle un puesto a Izquierda Unida, quitándoselo al hijoputa". Así resume Aguirre el resultado de la lucha de poder en Caja Madrid, con el que, entre otras cosas, se privó de un puesto en el consejo a Gallardón, restando autoridad a Rodrigo Rato. Digna de mención aparte es la frustración de Doña Esperanza por el poco agradecimiento demostrado por aquellos a quienes otorgó la gracia de un sillón en el consejo de la caja.
No menos inquietantes es comprobar el desprecio de Aguirre por quienes le votan. No hay más que escuchar cómo habla de "puta mierda" para referirse a un monumento levantado en el tramo del Camino de Santiago recuperado ayer.
Lo preocupante no es el lenguaje tabernario que, en efecto, "gastamos" en la intimidad o cuando creemos estar en ella. Lo preocupante es el despotismo de esta mujer que llegó a la Puerta del Sol con fama de simpática y cordial y se nos está revelando como marrullera, malhablada y despreciativa.
Cuídese señora presidenta, porque cada vez le cuesta más disimular el rictus que se está asentando en su rostro, justo donde antes había sonrisas.
Ayer se pasó de castiza y acabó viéndosele el plumero.
Va ser muy difícil que salga adelante la propuesta del Gobierno para llevar la edad de jubilación a los sesenta y siete años. Y resulta difícil, porque desde los años ochenta, la canción que más se repite en el mundo laboral lleva el estribillo de la "jubilación anticipada".
El hábito, no sé si bueno o malo, viene de los tiempos de la reconversión industrial, en los que se venían abajo sectores completos, para evitar las convulsiones sociales, se optó por jubilar anticipadamente a determinados grupos de trabajadores.
Sin embargo, el habito se convirtió en cultura y no sé si en ley cuando entraron de lleno en España las nuevas tecnologías y, sobre todo, la economía especulativa. Es decir, cuando el trabajo pasó a ser un valor secundario en la estrategia empresarial. Estoy hablando de tiempos en los que el valor del solar recalificado de las fábricas convertía en apetitosa la demasiado consentida prejubilación de sus trabajadores. Pero no sólo la industria, también y especialmente, la banca, donde la introducción de los cajeros automáticos y la informatización de los procesos, pagados por las abusivas comisiones que se cobran a los usuarios, en lugar de abaratar los servicios ha redundado en un crecimiento desmesurado de los beneficios.
Con todo esto, justificado unas veces y completamente arbitrario otras, la nómina de las pensiones se ha disparado en España, sobre todo en un momento en el que en el mundo del trabajo tener más de cincuenta años y una cierta antigüedad en la empresa supone llevar una diana en la frente, como objetivo de futuros despidos.
Por eso es difícil que salga adelante la propuesta que aprueba hoy el gobierno, porque la cultura de la ciudadanía, basada en la experiencia, va en sentido contrario. Por eso y porque va a ser muy difícil convencer a maestros, médicos y enfermeras que trabajan a destajo, y trabajadores manuales de que eso es lo mejor para ellos, cuando sus hijos, tengan la preparación que tengan, no ganan más de mil euros cuando tienen trabajo, mientras a los empresarios les rebajan una y otra vez -son insaciables- las cuotas de la seguridad social y con lo que se ahorran se pagan lujosas comidas de trabajo, carísimas convenciones y viajes en clase bussines.
Ya veremos en qué acaba todo esto,m pero me tremo que, ua vez más, los trabajadores vamos a pagar los pecados de gobiernos y empresarios.
Si lo que hace a Obama distinto de otros presidentes fuese sólo su color, no estaría en el centro de campañas orquestadas, no sólo por sus adversarios en el Congreso y el Senado, sino por medios de comunicación, lobbies, empresas, sectas y organizaciones ultra conservadoras.
A diferencia de la mayoría de sus predecesores, el primer presidente negro que se han dado los ciudadanos de los Estados Unidos ha tratado de cumplir el programa con que llegó a la Casa Blanca y con el que logró ilusionar a votantes de todas las clases sociales.
Sin embargo, en las nuevas sociedades y en la norteamericana especialmente, lo que prima es el individualismo, a un paso del egoísmo, por lo que resulta muy difícil, y más en tiempos de crisis, pedir a los ciudadanos que sean solidarios y tratar de repartir de una manera más justa la enorme riqueza que existe, incluso en estos malos tiempos.
Ayer, en su primer discurso sobre el estado de la Unión, era mucho lo que se jugaba Obama. Se jugaba la ilusión de quienes e votaron. Se jugaba la confianza de quienes le siguen apoyando y se jugaba, sobre todo, entrar con cualquier atisbo de repliegue en una terrible fase de acoso, de la que sabemos bastante aquí en España.
Obama, por el contrario, se ha reafirmado en los principios que le llevaron a la Casa Blanca y lo ha hecho buscando el apoyo de los ciudadanos, más allá de las previsibles maniobras de los profesionales de la política ¿Populismo? Quizá, pero ilusionante.
Cada vez que oigo hablar del papel jugado en el pasado y del que jugará en el futuro la Banca, me viene a la memoria aquel aserto socarrón de que todos somos iguales ante la Ley, pero que, aún así, algunos lo son más que otros.
Digo esto a propósito de dos hechos puestos de relieve en las últimas horas. Por un lado está esa petición de socorro de los promotores inmobiliarios y, detrás de ellos, los bancos. Y es que ahora resulta -y dudo que alguien pudiera dudar que ocurriese- que todos esos promotores, responsables junto a la banca de la burbuja inmobiliaria que nos ha puesto donde estamos, no pueden pagar ahora los miles de millones de euros que recibieron de los bancos para pagar solares y viviendas que ahora no pueden vender al precio que esperaban.
Resultaría curioso y además injusto que el Gobierno aliviase con el árnica de las ayudas a estos promotores cuando son ya miles los ciudadanos de a pie que han perdido su vivienda por no poder hacer frente a los pagos de su hipoteca. Claro está que, en tanto nos movamos en el sistema que nos movemos, la perspectiva de agrandar la cifra del paro en el sector, al tiempo que se abre un enorme costurón en la banca en la que muchos españoles tienen sus ahorros.
Esa es la trampa. Como muchos niños caprichosos y mal educados, tuvieron su juguete y lo rompieron. Ahora lloran y amenazan con un berrinche para que papá Estado, al que siempre han despreciada les consuele.
En esencia tiene que ver con lo que está pasando entre Wall Street y Obama. Cuando, gracias a la ayuda federal, han conseguido sacar la cabeza del pozo, se olvidan de sus pecados y vuelven a las mismas. Y, si alguien como el presidente les advierte que no va a tolerar sus excesos, no dudan en ponerle en la picota. Lo malo es que tienen mucho poder y que cada uno de nosotros lleva dentro un pequeño banquero que busca el beneficio a costa de lo que sea y que no quiere compartirlo mediante los impuestos con ese Estado al que llamará si todo se derrumba.
EFE
¡Qué bien! Menos mal que tenemos fútbol.
Lo de Haití ya está solucionado. Diez años más de ayudas y ya está.
¿Qué pasó ayer en Bagdad? Nada, lo de siempre, tres bombas. Unas cuántas víctimas. En fin, nada.
¿Y el paro? Ya saldremos. Hemos salido otras veces.
En cuanto a lo de los residuos nucleares. Ya encontraremos algún ayuntamiento pobre que los quiera. Y, si no, los llevamos a Haití y matamos dos pájaros de u n tiro.
¿Hablamos de la cadena perpetua para reincidentes? ¿Tú crees? ¿No es un poco fuerte? Total, sólo le rompió la nariz y además era bajito.
Afganistán, la deuda de las inmobiliarias, las detenciones de etarras por la Ertzaintza, el temporal de nieve. Todo, todo se ha esfumado con un manotazo cuyas réplicas se mantienen cuarenta y ocho horas después. La violencia de Ronaldo y su debate ha borrado de las primeras -y no sólo en España- todo aquello que en realidad importa y sí tiene consecuencias. Menos mal que tenemos fútbol.
Por cierto ¡Qué animal!
Acabo de caer en la cuenta -para eso está, entre otras cosas, la Radio- de que hoy hace veinte años que en España apareció la televisión privada.
Me ha sorprendido que sólo hayan pasado veinte años, porque la sensación que tengo es la de haber soportado una pesadísima carga desde hace muchos más años.
A la vista de cómo está hoy el panorama político, me pregunto -y creo tener derecho a hacerlo- si hubiese sido posible nuestra transición a la democracia con tanto ruido mediático.
Recuerdo que en aquellos meses previos a las primeras emisiones los que estábamos en esto del periodismo nos las prometíamos muy felices en cuanto a puestos de trabajo, sana competencia y libertad de expresión y me hago otra pregunta ¿Qué hubiésemos dicho de haber sabido a lo que hemos llegado? ¿Qué hubiésemos dichos de haber visto los equipos de aguerridos reporteros a la caza del famoso en Barajas o los comandos informativos desplazados a cualquier tipo de sarao para conseguir gilipolleces en exclusiva? ¿Qué hubiésemos dicho de haber sabido en qué ha acabado aquel genio de la televisión llamado Berlusconi? Y eso -y menos mal- que en los últimos años se ha corregido la terrible deriva de la televisión pública que andaba chapoteando en el charco en que se mueven las privadas.
Al final y antes de que primero Francia y ahora España liberasen a sus canales públicos nacionales de los grilletes de la publicidad, para poder ver televisión como seres libres e inteligentes había que suscribirse a un canal de pago que garantizaba, entre otras cosas, algo tan simple como el cumplimiento de los horarios. Y eso por no hablar de la calidad de lo emitido que siempre es opinable.
El que no dispone de esos euros al mes necesarios para darse una cierta sensación de libertad tenía que tragar con los interminables cortes publicitarios y, lo que es peor, con el entontecimiento de una programación clónica compuesta en su mayoría por un triturado de contenidos fáciles de digerir, salpicada, eso sí, con tropezones de morbo, violencia y sexo, para engañar al paladar y dar la sensación e que se trata de una papilla distinta cada vez.
Por si fuera poco, la aparición del mando a distancia y, con él, del mal del zapping, ha dado a luz una generación impaciente, incapaz de soportar una narración si no está salpicada de gritos o efectos especiales. Lo malo es que esa generación impaciente ha exportado esa actitud como telespectador al resto de su vida y aún no sabemos cuál será el final.
Yo, como si hubiese sabido del cumpleaños de hoy, compré ayer en DVD la maravillosa serie "Un país en la mochila", una serie que nunca haría una televisión privada, en la que José Antonio Labordeta nos enseñaba con su calma y su retranca un país que quizá ya no volvamos a encontrar.
Feliz programación a todos.
La frase, que fue el gran fiasco del franquismo, encaja como un guante con las malas artes desplegadas por George W. Bush mientras estuvo en la presidencia de los Estados Unidos. Su estrategia, tan eficaz como inmoral, fue la de colocar a sus peones en los organismos clave del país, especialmente en el ámbito de la justicia.
No hay que olvidar que Bush ganó su primer mandato gracias al visto bueno que dieron los jueces del tribunal supremo de Florida al escandaloso recuento de votos en el estado que, por cierto, gobernaba por aquel entonces su hermano.
Ayer tuvimos noticia de otra consecuencia de esa "ocupación" de la justicia llevada a cabo por los "neo con" durante los años anteriores a Obama. Ayer supimos de la dura respuesta del presidente negro a la tan histórica como discutible decisión que tomó el Supremo, eliminando los límites a las contribuciones de las empresas a las campañas de los candidatos a la presidencia.
Al final el "un hombre, un voto" de todo sistema democrático se desvirtúa en un sistema electoral tan complicado y sesgado, pese a lo que opinen algunos, como el norteamericano. Para votar hay que inscribirse y para inscribirse hay que estar motivado y la motivación puede esfumarse si desde la prensa, la radio y las televisiones se bombardea al ciudadano con mensajes contra el que sería su candidato natural.
Todo cuadra. Comienzan a tener una explicación evidente los grandes contratos otorgados por la administración Bush a los fabricantes de armamento o a empresas tan dudosas como Black Water, a la que se le entregó la seguridad en Irak, o a las grandes contratistas de la logística militar o a las petroleras, tan vinculadas con la familia Bush, que silenciosamente están exprimiendo la naranja de Irak.
Para gentes sin escrúpulos invertir en candidatos belicistas como Bush sería un gran negocio. Porque si no hay una guerra con la que enriquecerse, esa guerra se inventa.
No me extraña la indignación del presidente Obama con el Supremo. Yo también lo estoy y mucho.
Bush sí lo dejó todo atado y bien atado.
No le demos más vueltas. Es un asunto de dinero. Se trata de la financiación. "Es la economía, estúpido", como le recordaron una y otra vez al primer George Bush, cuando trataba de entender cómo pudo perder las elecciones ante Clinton, después de haber salido victorioso de la primera Guerra del Golfo.
Estamos ahora en medio de un debate en el que se manejan argumentos como padrón, visados, papeles, sanidad, educación, paro, delincuencia o derechos humanos, cuando de lo que se está hablando es de financiación. O sea, de economía.
Lo que ocurre es que en este debate, desatado a raíz de la desactivada negativa del ayuntamiento de Vic a empadronar a sus inmigrantes sin papeles, se están diciendo demasiadas medias verdades, con lo que, para hacerse una idea de la realidad, hay que reunir fragmentos de todos los discursos.
Después de escuchar ayer al alcalde de Vic llegue a la conclusión con que titulo esta entrada quiere darle "una patada al Gobierno en el culo de los inmigrantes".
El ayuntamiento de Vic no tiene, en tiempo de vacas flacas, recursos para sostener la modélica asistencia que ha venido dando a los inmigrantes. En tiempos de crisis, el Gobierno ha cerrado el grifo del dinero y los municipios ven cómo su falta deteriora esa asistencia compartida por inmigrantes y nacionales en dificultades.
Se dice, lo decía ayer tarde el alcalde de Vic, que los inmigrantes, aunque no estén empadronados tienen derecho a la Sanidad -también y no sé cómo a la Educación- porque a nadie se le niega atención en las urgencias. Cierto, pero lo eficaz y razonable es que esa asistencia se hiciese en los centros de salud, a nivel primario por el bien de los inmigrantes y del resto de los usuarios, para no colapsar las urgencias.
Dijo también ayer Rajoy que "café para todos", aunque no tengan papeles y no alcanzo a saber por qué ¿Será por eso de "cuanto peor mejor"?
Dos cosas más. La primera, que el padrón sirve para hacer un diagnóstico adecuado de la situación del municipio y, por tanto, negarse a hacer un padrón realista es como negarse a ir al médico. La otra, que no me cansaré de repetir, es que hay que decir basta a la ficción de que lo que nos dan los ayuntamientos es gratis. Creo que es de lógica que las entidades que más gasto público hacen, los municipios, deben cobrar impuestos y gestionarlos correctamente. Si, en el caso de Madrid, estuviese claro que las M-30 y las candidaturas olímpicas salen directamente del bolsillo de los madrileños, estoy seguro de que habría más prudencia en el gasto y que el bienestar de quienes viven en Madrid, o en Vic o en Torrejón, que es el chocolate del loro, estaría garantizado.
Acabamos de ver escenas de un pueblo dividido ante la posibilidad de albergar en su término municipal unas instalaciones que, simplificando, llamamos cementerio nuclear.
No sé cuál de las dos palabras, cementerio o nuclear, o si es la combinación de ambas lo que provoca tanto rechazo entre la gente bien pensante. Lo cierto es que Yebra, el pequeño pueblo de Guadalajara que lleva cuatro décadas conviviendo con la central de Zorita, se ha partido por la mitad.
El debate, a escala nacional incluso, se habría acabado si el cementerio se instalase en cualquier país africano y pobre o en una sima profunda del Atlántico. No lo dudéis. Si un problema no se ve, no existe. Pero esa postura sería tan hipócrita como la tan extendida de tener extranjeros a nuestro servicio y quejarnos de que quieran tener nuestros mismos derechos.
Se supone que hoy por hoy las condiciones de seguridad del emplazamiento elegido para nuestra basura radiactiva serán las mejores posibles y que el control que se ejerza sobre las instalaciones será exhaustivo. Si no, apaga y vámonos.
Por desgracia, cualquier actividad humana produce basura. Una basura más o menos peligrosa, según de dónde proceda. Basura que puede ir desde una cáscara de plátano al material procedente de determinadas especialidades médicas. Y todas esas basuras requieren un tratamiento adecuado y un destino idóneo para cada tipo de residuo.
En materia de energía, la hipocresía se acentúa. A nadie le gustan las centrales nucleares, pero nadie renuncia a tener luz, calor, comunicaciones y energía, que, en gran parte se obtienen de la combustión de combustibles orgánicos, carbón, petróleo y gas, responsables, como desgraciadamente estamos comprobando, del cambio climático.
En resumen, hoy que viajamos de un extremo al otro del planeta, no somos capaces de ver más allá de nuestro portal. Si producimos basura, necesitaremos vertederos donde acumularla... y vehículos que la transporten, y plantas que la reciclen o la transformen, y personal que la manipule. Y a casi nadie le gustaría tener una de estas instalaciones cerca de su casa o trabajar en esa actividad. Pero, al final, siempre hay un lugar y siempre hay personal para ello.
La energía nuclear no me gusta, pero tampoco me gustan os tubos de escape, el ruido de los acondicionadores de aire, las luces de Navidad o las pilas corroyéndose juntas en vete tú a saber dónde.
Estoy hecho un lío y, mientras pienso en ello, recuerdo un maravilloso paseo una soleada mañana de invierno por el parque natural creado en las inmediaciones del cementerio nuclear de Hornachuelos.
Se pregunta hoy EL PAÍS qué pueden hacer Daniel Anido y Rodolfo Irago si finalmente son condenados en firme por hacer públicos -imprudente e innecesariamente, según mi punto de vista- datos de militantes del PP irregularmente afiliados al partido.
Yo les puedo echar una mano si necesitan saber qué pueden hacer durante el tiempo que dure la condena, porque, por una serie de decisiones erráticas tomadas y nunca explicadas por Daniel Anido, no como periodista, sino como director de la SER, me veo en el paro con 55 años, después de haber sido apartado de la antena de repente, sin razones aparentes y con el aprecio de los oyentes, para hacer sitio al equipo de Ángels Barceló, y trasladado a un departamento sin pies ni cabeza donde, a pesar de todo, traté, como siempre, de cumplir con mi cometido.
Tanto Daniel Anido como Rodolfo Irago pueden expresar sus opiniones o informar de un terremoto, si tienen noticia de él, sin cobrar por ello y haciéndolo a través de un blog como vengo haciendo yo, periodista despedido, y cientos de compañeros puestos en la calle por vete a saber tú qué razones profesionales, que nos demostramos día a día que seguimos siendo útiles a la sociedad.
No podrán, eso sí, imponer sus opiniones, ni repetir sus comentarios en todos y cada uno de los boletines horarios de la SER. Tampoco tendrán despacho en el que esconderse, sobre todo Anido, ni podrán dar órdenes sin admitir, no ya réplica, sino cualquier tipo de matización o crítica bienintencionada.
La libertad de expresión es un bien de todos que debemos cuidar y respetar. Y para respetarlo no está de más medir qué es y qué no es necesario para informar con respeto a la verdad y a la sociedad.
No estaría de más que se dejase obrar a la justicia sin presión. Una presión que ha escandalizado al propio fiscal general, nada sospechoso de obrar en contra del progreso de la sociedad.
Resulta penoso comprobar que, cuando los debates sobre asuntos que afectan a los derechos humanos se enconan y uno espera que los grandes partidos, especialmente el PP, cumplan su papel director de la sociedad, atemperando las opiniones de los suyos y poniendo en su sitio a quienes a todas luces mienten o se equivocan, resulta penoso, insisto, comprobar que. Demasiadas veces, se dedican a echar leña al fuego para calentar sus posibilidades ante las urnas. El "hay que cumplir las leyes, pero ésta hay que cambiarla" está dando alas a quienes empujarían a los inmigrantes al mar del que creen que vinieron.
Los inmigrantes son, en tanto se aclara su futuro, como los personajes de la película de Scola, son "Feos, sucios y malos". Lo han sido muchos de los españoles que llegaron a Barcelona o Madrid huyendo del hambre y la falta de futuro, cuando no de los abusos del "señorito".
Con los años y su trabajo, aquella chabola se convierte en casita y, desgraciadamente, la solidaridad de aquellos primeros días de hambre y miedo se convierten en miedo a los nuevos inmigrantes, a los que consideran culpables de todos sus males. De ahí al odio a los otros, apenas hay un trecho. Un trecho que demasiado a menudo ayudan a pasar políticos sin escrúpulos.
La guinda la ha puesto el presidente de la patronal catalana de la pequeña y mediana empresa, Josep González, que no ha dudado, en relacionar inmigración y delincuencia, como ya vienen haciendo otros. Dice este señor que vienen de otros países y tienen otra ética. ¿Todos?, pregunto.
No piensa el señor González -apellido muy catalán, por cierto- que, tan lícito como relacionar inmigración y delincuencia, o más, es relacionar a los empresarios con Díaz Ferrán, especialmente en asuntos de ética. Y, si no, por qué le eligen al frente de la CEOE.
Ya expulsamos hace siglos a judíos y moriscos y aún lo estamos pagando.
Como el escorpión que en medio del río es capaz de clavar su aguijón a la rana que le ayuda a cruzar, aún a costa de morir ahogado, el PP ha volado por los aires la ilusión de que los dos grandes partidos se pongan de acuerdo en algo trascendental como lo es el futuro de la Educación.
Está en su naturaleza, le explica el escorpión a la rana para justificar el aguijonazo que acaba con los dos. Y parece que anteponer el interés particular al bien común está en la naturaleza del PP.
Creo que sólo el "buenismo" del ministro Gabilondo podía hacer pensar que un pacto sobre educación era posible, porque resulta que, cuando está a punto de cumplirse el plazo para aportar las líneas básicas de trabajo para el pacto, el PP comunica a la prensa y no al ministro su intención de acortar la ESO que es contraria radicalmente a los planes del Ministerio.
Está en su naturaleza. Mientras los socialistas pretenden extender la enseñanza común el mayor tiempo posible, el Partido Popular quiere segregar cuanto antes a los hijos de sus votantes de los del resto, porque, no lo olvidemos, las dificultades en el aprendizaje muchas veces tienen que ver no con la capacidad de los alumnos sino con las ayudas externas, como clases particulares, entorno familiar favorable, incluso alimentación, etc., que recibe.
En una entrevista concedida a Carlos E. Cue para EL PAÍS, dice la portavoz del PP en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, que nuestra capacidad para acoger a los inmigrantes no es la misma que la de hace unos años.
Desgraciadamente, lo dicho por la diputada puede ser verdad, pero pretender por ello recortar los derechos de los inmigrantes es hoy por hoy no sólo injusto, sino ilegal.
Es muy difícil hacer ver a quienes votan en Vic a ese partido xenófobo inventado por un fascista "reconvertido" en defensor de Cataluña y a los partidos que asumen su mensaje xenófobo, acojonados por la posibilidad de perder votos ante las formaciones racistas, que la integración de los inmigrantes mediante la escolarización de sus hijos y la asistencia sanitaria es una especie de seguro de futuro que nos evitará inseguridad y mafias.
Negarles el empadronamiento y por tanto a la existencia les va a arrojar en manos de las mafias, convirtiendo sus barrios en guetos impenetrables para el resto de la ciudadanía.
Dice Soraya Sáenz de Santamaría que ya no podemos acogerles como antes y quizá lo que querría decir es que ya no les necesitamos como antes. Que ya no los necesitamos para que se metan en zanjas con barro hasta la cintura, ni para subirse a los andamios a los que ya no se querían subir los españoles. Tampoco los queremos para recoger nuestras basuras, ahora que tiramos menos cosas y lo que tiramos vale más.
Nos han servido mientras vivíamos e la burbuja y les sacábamos el jugo porque trabajaban más y más barato para sacar adelante a los suyos aquí o allí. Ahora ya no nos sirven.
Ya no hay trabajo para ellos, los vemos por las calles y no nos gusta, porque no nos gusta la pobreza. Vuelvo a lo de ayer: ser generosos con Haití es fácil, porque Haití está en Haití. Pero los inmigrantes están aquí.
PEPE MATEO
La foto que ilustra la entrada de hoy está escogida con toda intención y no por error. Efectivamente, no es Haití tras el terremoto, es, simplemente, Haití. Es el Haití del que somos responsables por acción u omisión los occidentales que abandonamos a su suerte a esos esclavos, los primeros en alcanzar la independencia, hasta identificar al tirano que nos sirviese para arrebatarles hasta la última gota de sangre en nuestro beneficio.
Lo que distingue a estos haitianos de la foto de los que vemos hoy en todos los medios es que parecen saber dónde van y parecen orientados entre la basura y las ruinas en pie en las que viven.
Ahora caemos en la cuenta de que nuestra caridad para con las víctimas del terremoto no llega a sus manos porque faltan carreteras, puntos de distribución, maquinaria para abrir caminos, cisternas para distribuir el agua y hasta cajas en las que enterrar a los muertos. Y eso, al margen del terrible terremoto de esta semana, es así, no porque se haya perdido con el seísmo, sino porque nunca antes lo hubo.
Es muy difícil hacer llegar la ayuda, pero más difícil es imaginar el día después de Haití. Creo que todos somos responsables y creo que habremos de seguir siéndolo en ese día después. Debemos acabar con ese viejo reflejo que nos lleva a rascar nuestro bolsillo ante las conmovedoras imágenes de estos días y a olvidarnos de ellas en cuanto los telediarios dejen de mostrárnoslas.
El gobierno español puede sentirse orgulloso de sus cooperantes. Alguno de ellos está entre las víctimas del terremoto y alguno de los que han regresado heridos ya ha dicho que volverá. Esa cooperación es el "enseñar a pescar" de Confucio, No basta con la caridad, no debemos conformarnos con regalarles el pescado que nos sobra. Hay que darles futuro.
A menudo recuerdo lo que un amigo me contaba hace ya muchos años. Cómo un día le dijo a su madre mientras un pobre le tendía la mano a la puerta de una iglesia "dale limosna mamá, porque este señor trabaja de pobre para que podamos ir al cielo". Desgraciadamente, lo que era pura ironía lo piensa demasiada gente que necesita la pobreza y la desgracia para sentirse buena. Pero con ello no se soluciona el problema para el necesitado, se enquista en el olvido, se acaba cuando volvemos la mirada hacia nuestro mundo grande o pequeño.
En resumidas cuentas, hagamos justicia cada día, en lugar de practicar la caridad de vez en cuando.
De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que Carles Francino no escucha y ese es el mayor pecado que puede cometer el conductor de cualquier programa de radio.
Más allá de la degradación del lenguaje y de la trivialización de algunos contenidos, más allá de su afición a traspasar continuamente el límite de lo vulgar y, demasiadas veces, lo soez, creo que la sordera es el mayor problema de quien conduce el programa de radio más escuchado de España.
No sé si fue por la proximidad del fin de semana, lo cierto es que ayer viernes, cuando recibió la llamada del obispo Munilla le despidió casi como a un héroe, afirmando que su rectificación le honraba, sin pararse a pensar que en todo lo dicho por el obispo no había ni una pizca de arrepentimiento, sino una serie de reproches a los medios de comunicación del tipo de que la comparación del escándalo fue "un titular extraído con fórceps". Pues bien, Francino, tan presto a sacar rima a todo o buscar doble sentido a cualquier cosa, especialmente si ese doble sentido lleva al sexo, no fue capaz de repreguntar o puntualizar al más famoso obispo que tiene hoy la iglesia española. Le dejó marchar como un héroe y Munilla conservó esa aureola hasta que una oyente palentina, tan redicha como admiradora de Munilla, acusó a la SER de haber manipulado las palabras del obispo porque el obispo "no ha rectificado" lo que dijo.
En fin, debería quedar claro que no sólo las deficiencias visuales incapacitan para el trabajo en la radio, también las auditivas. Me temo que no hay peor sordo que el que no se molesta en escuchar.
Un método para conocer a qué especie pertenece un pájaro es escuchar su canto y, aunque los hay que hacen trampa e imitan el canto de otros, generalmente el resultado es el adecuado.
Pues bien, ayer tuvimos oportunidad de escuchar el canto del obispo Munilla -eso de "obispo Munilla" suena bien como nombre de calle, aunque antiguo- y por el canto del obispo deduje que es de una especie que no me gusta nada.
Se supone que los obispos forman parte del cuerpo vivo de la Iglesia, que no son como esos angelotes regordetes y dorados de los altares cansados ya de tanta misa y tanto incienso que darían el pan de oro de sus alas por poder salir a la calle para comprobar cómo es el mundo real. Pero mucho me temo que lo que a usted le gustaría es ganarse el nombre de una calle a base de rezos, confesiones y homilías inmovilistas.
Ayer, en el programa de Gema Nierga, tuvo usted la oportunidad de mostrar su lado más humano, pero los años de incienso, nocivo como todos los humos, se lo impidieron.
Qué desfachatez y que falta de humanidad decir que la grave situación espiritual que vive nuestro país es un mal mayor que el que sufren las víctimas del terremoto de Haití. No podía creer lo que estaba escuchando. Ni siquiera se esforzó en disimular para no escandalizar a tantos católicos de buena voluntad conmocionados por la catástrofe.
He de decir que una parte de mi pensamiento es hija de las enseñanzas que recibí, como todos los españoles de mi edad, en casa y en el colegio, teñidas de la moral católica y que, por eso, estaba deseando haberme equivocado en el juicio más o menos apresurado que me había hecho de usted.
Pero, ay de mí, que inocente he sido. Nada tienen que ver usted y su iglesia con la que trabaja en Haití y otras zonas miserables del mundo. Nada que ver con los cristianos de base que, renunciando a la purpura y el oropel, trabajan en los barrios deprimidos junto a los inmigrantes y marginados. Su idea de la iglesia, Munilla, está mucho más cerca de la de esos obispos irlandeses que durante décadas han estado escondiendo los abusos de algunos, bastantes, sacerdotes a menores, para no perjudicar el prestigio de una institución tan alejada de la realidad como carcomida esta por dentro.
Señor Munilla, no sé si lo pretende, pero su canto suena como el de esos miserables obispos que, ahora, se han visto forzados s dimitir y no me gusta nada.
P.D.
Acabo de escuchar lo que pretende ser una rectificación y no es más que una pobre justificación de las palabras dichas ayer por el obispo de San Sebastián. Dice Munilla que (cuando dijo que la grave situación espiritual que vive nuestro país es un mal mayor que el que sufren las víctimas del terremoto de Haití) estaba respondiendo a una pregunta teológica y que, además, aprovechó los micrófonos de Radio San Sebastián para poner en marcha una colecta para ayudar a los haitianos y que propondrá unas fiestas patronales austeras, etc.
Sin embargo, no movió un ápice sus palabras. Eso es justificación y no rectificación, señor obispo. Lo otro es caridad y no justicia.