A MEDIA LUZ

QUE LEAN ESPAÑISTÁN

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Cuando ayer escuché las palabras del ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, señalando a los bancos como responsables de la crisis a los bancos del origen de la crisis, solté un "olé tus huevos" con el mismo entusiasmo que celebré los goles del Barça en la final de Wembley. Ya era hora, me dije -es lo que tiene vivir solo- mientras me preguntaba por qué un miembro del Gobierno había tardado tanto en ver lo que para el común de los mortales es evidente y, a continuación, me puse a pensar en las consecuencias de las palabras del ministro sindicalista.

No tardó en llegar la respuesta de su compañera y jefa en el gabinete, Elena Salgado, que, siguiendo la primera línea del manual del desmentidor dijo que probablemente se le habría interpretado mal, un excelente recurso que no sólo pone en duda la capacidad de discernimiento de la prensa, sino que, además, suena a cariñosa reconvención a su compañero, para que Gómez recapacite sobre lo dicho.

Lo malo es que lo dicho por Gómez es más que evidente. Las empresas despiden a sus trabajadores porque, acostumbrados al crédito, dependen de la banca que ahora les ha cerrado el grifo, para recomponer los agujeros que le dejó "la vida loca" del ladrillo, durante la cual compraron dinero a cualquiera y a cualquier precio, para engordar su cartera de clientes y para enriquecerse con un desmesurado patrimonio en suelo y promociones inmobiliarias que, a la postre, como un castillo de arena no ha resisto la primera marea.

Mucha gente, gracias al crédito fácil, compraba lo que no necesitaba y, demasiado a menudo, lo que no podía pagar. El dinero fluía como creen los niños que fluye de los cajeros automáticos, cuando ven a sus padres sacarlo de ellos. Había trabajo fácil en la construcción de viviendas que, si no se vendían ya se venderían, porque el mercado podía esperar. Los ayuntamientos, con la cobertura de la Ley del Suelo "parida" por el PP, descubrieron que, con las recalificaciones y los planes urbanísticos, podían sacar conejos de la chistera siempre que hiciese falta y escuchar el "oooooh" de los vecinos en las urnas. Pero cuando cayó la primera ficha del dominó -las famosas hipotecas sub prime americanas- empujó a todas las demás.

¿Puede alguien quitarle la razón al ministro de Trabajo? Creo que no. Lo que ha dicho es tan evidente como que el sol sale todos los días. Lo que ha desconcertado a propios y extraños es que lo haya dicho desde la autoridad que se supone que le confiere el cargo, poniéndose claramente del lado de los sindicatos.

Echar la culpa de la desmesura de las cifras del paro en nuestro país a las reglas del mercado es perverso. No es otra cosa que pretender hacernos creer que la culpa de los despidos la tiene la exigencia de derechos por parte de los trabajadores. Pero no es así. Las facilidades para el despido aprobadas por el gobierno que algunos como yo votamos, no ha facilitado ni una sola contratación y, por el contrario, ha permitido a muchas empresas soltar el lastre de sus trabajadores con más antigüedad y, por desgracia, más experiencia, condenando a los jóvenes a contratos precarios y siempre mal pagados. No me extraña lo que ayer me contaba una amiga: su hijo, en edad de decidir qué quiere estudiar, está ya angustiado ante la falta de perspectivas.

Me parece que tenemos un grave problema y que, para solucionarlo, lo mejor es hacer un buen diagnóstico, exactamente como el que ha hecho el ministro.

No estaría de más que el resto del gobierno, la patronal, la oposición y la judicatura leyesen "Españistán", el cómic de Aleix Saló, del que todos y cada uno nos podemos sentir protagonistas.

Por si no podéis esperar, tenéis un resumen animado aquí.

 

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