A MEDIA LUZ

POBRES MADRES

 

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Maldito dinero que todo lo ensucia. Maldita mierda de dinero que atrae como a moscas a gente indigna, dispuesta a todo con tal de medrar. Maldita ambición que se lleva por delante lo más heroico y hermoso. Maldita plata que puede acabar arruinando aquello que nació del dolor y la esperanza de un país martirizado, en el que la eficacia del terror como antídoto de la libertad se medía en porcentajes de dolor.

Recuerdo aquella noche en que llegaron a España por primera vez. Fuertes como eran, vinieron directamente desde el aeropuerto a los estudios de la SER y, aquella noche, fueron las estrellas de Hora 25. Recuerdo la emoción con la que puse un par de besos en las mejillas de Hebe de Bonafini, esa mujer tan dulce y apacible como fuerte que se había convertido en la voz de todas esas otras que desde aquel 30 de abril de 1977, hace casi un cuarto de siglo, decidieron pedir audiencia al miserable de Videla para que les diese razón del paradero de sus hijos. Desde entonces, cada jueves desfilan por la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, a la espera de saber qué fue de aquellos jóvenes sacados a golpes de sus camas y arrojados a la nada para aterrorizar al resto de la sociedad. Tanto, que sólo el amor, la desesperación de la bendita locura de aquellas madres fue capaz de plantarles cara a aquellos monstruos alcoholizados que, por encargo de otros, se hicieron con el futuro del país.

Llegó después aquella guerra absurda que los "milicos" creyeron que ganarían como un partido de fútbol y, por el contrario, acabó por ahogarles en su propia soberbia. Más tarde, con la llegada de la democracia, las madres persistieron en la búsqueda de sus hijos y el castigo para quienes se los llevaron. Las madres se convirtieron entonces en abuelas, porque del vientre de sus hijas habían nacido niños y niñas que tampoco volvieron a sus familias "contaminadas por el marxismo" y fueron vendidos y regalados a familias "decentes", con las que crecieron viviendo una vida que no debía haber sido la suya. Muchas de aquellas abuelas llegaron a encontrar a sus nietos que, unas veces sí y otras no, decidieron volver con ellas.

Por todo ello, en una nación como la Argentina, que ha pasado por tanto y que no logra sacudirse la lacra de la corrupción, las madres de mayo, las locas del tango de Carlos Cano, las que bailan solas con Sting, las que guían sus manos fuertes, hacia el futuro, en la canción de Ismael Serrano, son, han sido y espero que -unidas o divididas- el símbolo de la dignidad argentina. También de todos los que sufren en el mundo, aunque a veces, como en Euskadi, las madres se equivocasen de bando.

Hoy he sabido que, al parecer, al "contable" de Hebe de Bonafini se le quedaba en las manos parte del dinero que las madres recibían del gobierno para llevar a cabo las obras sociales en las que había derivado su movimiento. Ojalá Hebe quede al margen de esa ignominia. Ojala las madres sean, una vez más, más fuertes que las miserias de los hombres y sobrevivan como lo que siempre fueron: un monumento a la dignidad del hombre.

 

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