A MEDIA LUZ

NUEVA YORK, TE QUIERO

 

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Mientras aquí andábamos en un cansino debate sobre el coste que acarreará quitar y poner pegatinas en las señales de limitación de velocidad y el jefe de la oposición se recupera del catarro que le recetó el médico para no pasar vergüenza en Bruselas, en el estado de Nueva York acaban de legalizar la uniones entre personas del mismo sexo, un avance social en el que España fue pionera hace ya seis años.

Conozco mucha gente que, gracias a aquella ley, pudo dejar de fingir ante familiares, vecinos y compañeros de trabajo. Gente, hombres y mujeres, que ha podido poner en orden sus vidas, no porque fuesen desordenadas, porque lo eran tanto o más que las de quienes se casaban con tules y flores en la iglesia o en el juzgado, sino porque, por fin podían vivir tranquilos, sabiendo que, por ejemplo, la desaparición de un miembro de la pareja no iba a dejar en el desamparo al otro.

En la votación de esta noche ha sido fundamental el voto favorable al proyecto de cuatro representantes republicanos que, más allá de los prejuicios que marcan el pensamiento del republicano medio -macho, cristiano y conservador- han dado carta de naturaleza a todos esos ciudadanos, también entre sus votantes, condenados a amarse a escondidas y a disimular su forma de entender el amor.

Me pilla esta aprobación horas después de haber visto "Get real", una película inglesa de hace más de una década, en la que, con final agridulce, se narra la historia de un adolescente que sufre, no su condición de homosexual, sino la presión social que asfixia y hace imposible su relación con un compañero de estudios de buena familia mucho menos sincero y más calculador, capaz de cultivar la imagen de machote y repudiar públicamente al amante que busca a escondidas, con tal de no perjudicar su futuro.

Quien piense que este asunto está solucionado en España que se vaya bajando del guindo, porque las cosas pueden cambiar dentro de unos meses. Rajoy, que nos ha demostrado siempre que ha podido su falta de coraje y su capacidad de amoldarse a las conveniencias, nos puede dar más de una sorpresa, porque en su partido, en el que también hay homosexuales, la mayoría de ellos escondidos, hace gala de una homofobia preocupante. No hay más que ver la persecución de la que, reglamentos en mano, Ana Botella, la de las peras y las manzanas, hace de las fiestas del orgullo gay, mientras despliega la alfombra de cincuenta millones de euros, que es lo que va a salir de nuestros bolsillos para recibir a Benedicto XVI y sus zapatitos rojos.

Quien piense que aquella conquista de hace seis años está a salvo se equivoca. Rajoy ya ha dado a entender que se mantendrán las uniones pero llamándolas otra cosa que no sea matrimonio. Será una trampa en la que los que amamos la libertad y la igualdad no debemos caer. Si matrimonio se llama en el registro civil la unión legal de parejas, matrimonio ha de ser. Si el matrimonio es un sacramento, que deje convalidarse de una vez con el civil, para que las parejas católicas acudan como hemos hecho los demás al juzgado y vayan tomando así conciencia de que quien regula su vida es el Estado y no la iglesia.

 

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