A MEDIA LUZ

QUE VIENEN, QUE VIENEN

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Cada vez está más claro el por qué de las prisas del PP por adelantar las elecciones. Yo pensaba que con el adelanto electoral el PP buscaba evitar que el Gobierno tuviese tiempo de rectificar las consecuencias del rumbo errático que ha llevado a lo largo de estos dos últimos años. Sin embargo, cada día que pasa creo que lo que pretende el PP es llegar a las urnas y obtener la victoria sin necesidad de enseñar sus cartas.

Lo que también tengo cada vez más claro es que, si Zapatero estaba dispuesto a la inmolación para expiar los pecados de la España alegre y confiada de la última década, Rubalcaba no lo está tanto. Ayer mismo, tuvimos dos claros síntomas de esto que digo a la vista del frenazo que parece querer dar el Gobierno a las últimas reformas económicas pendientes. Estoy seguro que la gira que está haciendo el candidato Rubalcaba a lo largo y ancho de la España real le está permitiendo comprobar cómo ni siquiera entre sus fieles tienen buena prensa las ansias de martirio del presidente.

No quiero decir con ello que no estuviesen justificadas las reformas, al menos dentro de la implacable lógica economicista lo están. Lo que ocurre es que en cada militante o posible votante socialista anida un resto de pensamiento humanista que se rebela ante cualquier intento de considerar a los trabajadores como mercancía.

Mientas tanto, los populares, entre toma de posesión y toma de posesión, tratan de embaucarnos con los escenarios idílicos de los dos mandatos de Aznar, ocultándonos que los días de vino y rosas ya no volverán, porque, difícilmente, volverá la orgía inmobiliaria que nos ha dejado postrados e indefensos con esta terrible resaca.

Si no me equivoco, cuando Rubalcaba finalice su tournée le oiremos mucho más que a Zapatero y, si es listo y siempre lo ha sido, hablará más de lo que podemos perder con una mayoría absoluta del PP que de promesas de futuro.

Ha pasado tiempo suficiente para que a los audis y los beemeuves que se compraron algunos españoles en tiempos de la burbuja y difícilmente van a poder cambiarlos por otros. Y no sólo eso. En los próximos años va a ser más importante poder llevar a los niños a una guardería o a una escuela pública o disponer de una buena red sanitaria pública que tener para cochazos, puentes y gintonics.

Y, si todo sigue como parece, alguna de esas cosas va a cambiar. Hoy mismo, me he desayunado con el resultado del sondeo de la SER, según el cual el PSOE ha recortado algún puntillo en la ventaja que le lleva el PP en intención de voto, mientras en la edición digital de EL PAÍS manda la siguiente información "FAES prepara un informe para Rajoy que estudia el copago en la sanidad".

Es para echarse a temblar, porque, en una sociedad como la española en la que crece sin cesar el número de ciudadanos situados en el umbral de la pobreza, comenzar a exigir una parte del coste de la sanidad a los usuarios -además de lo que ya pagamos con nuestros impuestos- equivaldrá a expulsarlos del estado de bienestar.

Si de verdad el PSOE quiere evitar el desastre debe esforzarse en hacer ver a todos esos pensionistas que no pueden gastar ni un euro más de la cuenta, porque cada céntimo de su pensión está ya asignado a un gasto irrenunciable, que, si se implante el copago sanitario, van a tener que dejar de ir al ambulatorio siempre que lo necesiten.

Y es que la vejez necesita algo que sol y parques de diseño para ser feliz y digna.

Creo que en los meses que restan hasta las elecciones todos y cada uno de nosotros tenemos que verlo claro y hacer que aquellos que nos importan lo tengan igual de claro. Porque, lo queramos o no, vienen.

 

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