A MEDIA LUZ

PARAÍSOS

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Nos hablaron del paraíso de la clase obrera y hoy sabemos que nunca existió ni existirá. No nos dijeron nada del paraíso capitalista y, mal que nos pese, no es un único jardín, hay más de uno, y se construye con el llanto que vertemos en este valle de lágrimas en el que quienes cultivan todos esos paraísos nos condenan a vivir.

Es difícil explicar cómo hemos podido pasar de la fiesta a la resaca. Es casi imposible entender cómo han podido secarse los ríos de leche y miel que atravesaban nuestras vidas. Quién podía sospechar hace sólo cinco años que los pies de la vieja y soberbia Europa eran de Barro. Quién que las cuentas de los todopoderosos Estados Unidos estaban tan carcomidas como las nuestras.

La explicación es bien sencilla y, ahora que los ríos de abundancia se han secado, es fácil encontrarla: bajo el caudal que nos hipnotizaba y hacía felices, había sumideros por los que se escapaba esa riqueza que creímos inagotable.

Nos engañaron. Nos prometieron lo que no podían darnos. El marketing se impuso al realismo y a la decencia. Nos hicieron creer que la economía era como una bicicleta que, una vez lanzada, no necesita de nuestro pedaleo. Captaron nuestros votos con añagazas como que bajar los impuestos era posible sin arruinar el Estado de Bienestar. Es más, nos contaron la gran mentira de que bajar impuestos también es de izquierdas.

Creíamos que éramos más ricos porque nos descontaban menso de la nómina y nos permitían comprar a plazos coches, televisores y vacaciones. Pero no sólo eso, nos enredaron para comprar nuestras casas a precios increíbles haciéndonos creer que al día siguiente nos costarían más a la hora de comprarlas, pero valdrían más a la hora de venderlas. Y firmábamos, firmábamos y firmábamos. Y los bancos se peleaban por darnos esos créditos tan increíbles que, algunos, acabarán pagándolos nuestros hijos.

Y mientras nos creíamos los reyes del mambo, mientras pensábamos que éramos tan ricos como nunca imaginamos, ellos escamoteaban por todos esos sumideros que ahora han quedado al descubierto todo ese dinero que llamamos negro, para no reconocer que es dinero robado a los parados, los pensionistas y los enfermos. Un dinero que nunca irá a parar a las becas, a la construcción de escuelas, hospitales y residencias de ancianos. Un dinero que luego acosará nuestras economías para convertirse en más dinero. Dinero que quienes lo acaparan lo llevan a los mal llamados "paraísos fiscales", para ponerlo a salvo de parados, jubilados, viudas, huérfanos, enfermos y funcionarios. Dinero vergonzante que se esconde con la complicidad de algunos gobiernos.

Alguien debería haberse parado a pensar que, por más que se riegue un fajo de billetes plantado en una maceta, al cabo del tiempo el fajo sigue siendo el mismo. Alguien debería caer en la cuenta de que el dinero que falta aquí y allá, en Grecia, Irlanda o Portugal, lo tiene alguien en un paraíso fiscal, mientras las calles de Atenas se han convertido en un infierno.

 

Comentarios

He vivido siempre la resaca, no me ha tocado ni un día de fiesta pero nunca me han engañado, así que puedo entender que vuestra resaca es mucho mas amarga.

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