EL PASTEL DE LA SGAE

Escrito por javierastasio 02-07-2011 en General. Comentarios (0)

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Siempre que paso por la calle Fernando VI, frente al modernista palacio Longoria, sede de la SGAE, tengo la impresión de que sus recargados estucos, tan efectistas y tan del gusto del público en general, tengo la sensación de que alguien ha olvidado un pastel de bodas sobre la acera.

Con lo de ayer, mi sensación, metafóricamente hablando, se hizo realidad. Realmente, lo que hay en el número cuatro de la calle Fernando VI es un enorme y recargado pastel. Tengo amigos autores y, el que menos, se queja del desmadre que se da en el reparto de los derechos de los creadores. Se quejan, por ejemplo, de que son sólo unos pocos los que se reparten la mayor parte del dinero recaudado. También, de los efectos perversos de ese privilegio franquista de que la gestión de los derechos de cualquier creación corresponda por defecto a la SGAE, y entre ellos el de que sean muchos los centenares de miles de euros que cobra la sociedad por el uso de obras, cuyos beneficiarios nunca reclamarán, entre otras cosas porque, en ocasiones, ni siquiera saben que son suyos.

Cuando alguien, como ha sido mi caso, tiene además conocimiento de las tarifas que se pagan por el uso de la música en la radio y de cómo se asignan lo recaudado, se le hacen los ojos chiribitas. Miles y miles de euros que se asignan, al menos así era antes, mediante muestreos que, al final, acaban primando a una minoría de los autores y dejando fuera a la inmensa mayoría.

Eso en cuanto a la naturaleza de la SGAE que durante años ha hecho y deshecho al antojo de sus directivos y que, con la marea digital, comenzó a entrar en una fase de euforia recaudatoria que le llevó a reclamar, o a intentarlo al menos, por todo aquello que sonaba o se veía en un mundo en el que la información circula vertiginosamente, muchas veces sin llegara a detenerse.

Es en ese momento cuando entran en escena las auditorias, concretamente una, que, al parecer, ha sido el instrumento empleado por los detenidos para desviar parte de los fondos recaudados. La curiosidad me llevó ayer a buscar en la red algo acerca de la consultora citada en la operación. No debí hacerlo y casi me cuesta una depresión, porque lo que encontré en su página y en su cuenta de Facebook fue humo. Humo de colores y en un inglés presuntamente técnico, pero humo.

He de aclarar que lo de la depresión viene a cuento de que me recordó demasiado a otra consultora que padecí personalmente hasta que, finalmente, ocupó el sitio que dejamos quienes fuimos despedidos de la discoteca corporativa de la SER. Os diré -sólo por poner un ejemplo- que el consultado encargado de la digitalización de los fondos perdía y nos hacía perder un tiempo precioso en averiguar datos como el lugar y la fecha exacta de la grabación de cada corte, mientras teníamos que ignorar otros tan importantes como el de la autoría de las canciones.

Al final, acabé descubriendo que la tarea primordial de una consultoría cuando hace presa en alguna empresa es la de justificar y prolongar "ad eternum" el contrato, que no se contabiliza como gasto de personal, sino como servicio, y que se resuelve con un listo que cobra de la consultora y unos cuantos, y pobres, becarios mal pagados que hacen el trabajo sin opinión ni derechos.

Algo así, parece, es lo que ha ocurrido en la SGAE. Se ha contratado a una empresa, curiosamente vinculada a un miembro de la dirección de la sociedad, para prestar unos servicios que debiera cubrir la propia sociedad. Es tanta la gilipollez de quienes se dejan sorprender con una presentación en una pantalla, con su punterito laser incluido, y su vocabulario lleno de "targets", "opensources" y toda una serie de siglas y palabros que hacen el mismo efecto que un "numerito" con pólvora ante los sorprendidos indígenas.

Todo lo anterior, claro, carísimo y respaldado por brillantes carteras de clientes, encorbatados jóvenes brillantes y masterizados, en reuniones en salones de hoteles de postín, cuya finalidad es alimentar el ego del que paga y la cuenta corriente del amo del invento.

Me temo que el pastel de la SGAE se parezca mucho a esto. Lo que me apena es que no se descubran más a menudo otros pasteles iguales en tantas y tantas empresas en crisis.

Por el momento, el soberbio presidente de la SGAE tan dado a tildar de "chorizo" a quien se le apetecía hoy es, al menos eso parece, un canario en la jaula y de rodillas.